La imagen publicada pertenece a: odresnuevos.Lo importante del día de hoy, es que estamos al menos usted y yo para dar gracias a Dios por las maravillas que aún nos quedan.
Fijémonos cómo nos ha golpeado la vida y la naturaleza. Pero, aquí estamos, dispuestos a dar la batalla, que no consiste en ponernos a la defensiva, sino alabando y dando gracias al creador porque su bondad es grande, y su poder inimaginable.
No se trata de estar contentos porque no nos ha tocado, o porque no nos ha afectado ninguna de las tragedias que han ocurrido. No, si así fuera, pues quizá sea la opción más convincente para declarar no nuestra derrota, sino más bien la disposición de abrir nuestro corazón a su deseo y su voluntad, aunque para ello tengamos que renunciar a cuanta cosa nos invada.
El objetivo es no descuidar nuestro fervor y nuestra dedicación a amarle, a adorarle y/o al menos estar en paz con él y con nuestros prójimos.
Hoy el evangelio (San Mateo 7, 21-27) nos dice que no basta sólo con pronunciar su nombre, sino que debemos cumplir la voluntad del padre. Este se relaciona en cierta forma con el del pasado 3 de mayo, donde se nos enseña cómo llegar hasta el Padre sin descuidar el camino verdadero que es el hijo (Jn 14: 6-14). Y es que para ello no podemos obviar el paso por Cristo. Es en palabras de empresa: no descuidar el conducto regular, pues, si queremos algo, debemos primero experimentar el amor que nos dio Jesús para redimir nuestras culpas.
Lo veo de la siguiente manera: Debemos recordar el suplicio, no debemos ser ajenos a esa realidad; debemos sentirnos culpables de tanto dolor de Jesús en el calvario, tanto en la víspera como en las postrimerías. Es decir, tanto en la vigilia, como en los eternos momentos de agonía.
Por esto para poder conocer al Padre, debemos penetrarnos en la pasión del hijo: sentirla, vivirla, padecerla: experimentarla. Hasta tanto no suceda esto, deambularemos solitarios, desviados, perdidos en una devoción equivoca.
Leámoslo, ahí está claro. De qué sirve que nos rasguemos las vestiduras, de que sirven arrepentimientos falsos, de que sirven golpes de pecho, o arrodillarnos en toda la misa, o en el culto; o decir… ¡Dios mío!, Socórrenos Dios, Padre eterno ayúdanos, y todas aquellas otras máximas = mínimas expresiones para pedir auxilio, ayuda o su caridad, si aún no hemos vivenciado la pasión, si aún no hemos vivido a Cristo, si aún no entendemos un poquito más allá de lo fundamental, para poder alcanzar al menos que nuestro lamento y clamor sea escuchado.
Por hoy no es más, dejemos esa incógnita, y tratemos de resolverla, no solamente hoy, sino mañana y todos los días de nuestra existencia.
La pasión de Cristo no la debemos vivir exclusivamente en semana santa, y eso si nuestras ocupaciones nos lo permiten. Hasta la próxima

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