lunes, 25 de mayo de 2009

Justificar la conducta del Padre Alberto

Este no es nuestro tema, pero en vista de tanta mala interpretación, vamos a aportar un pequeño comentario a estas noticias escandalosas que enlodan, enturbian y nos ponen a vacilar ante nuestra desabrigada Fe y nos ponen de cara al sanedrín
Justificar la conducta del Padre Alberto, no es la mejor forma de aceptar que la iglesia con sus ministros y su historia, tenga y siga teniendo debilidades, momentos de flaqueza y/o razones para querer desatender nuestro compromiso de Fe.
La manera como él aclara su situación, aunque hay que estar en el cuero de él, para atender el asedio amarillista y pornográfico de los medios, no es el más apropiado para darnos a entender que hay derecho a pecar, y al estar en su lugar podríamos llegar a creer el refrán aquel que dice, que el que peca y reza empata. Es grotesco, pero es más irónico, el ver a cuantos que promulgan su fe y hacen demostraciones los días santos, ante imágenes, o ante los demás feligreses, dándose golpes de pecho y prometiéndose en franco arrepentimiento el “no volver a pecar”, al hacer la crítica o la justificación de este discípulo y de algunos otros, que desafortunadamente, nos hacen declinar en nuestro andar y en nuestro sentimiento hacia ella, la iglesia.
Si de rasgarnos las vestiduras se trata, somos los primeros en dar el paso al frente y salir airosos, demostrando inocencia, o derecho adquirido para actuar en forma errada, haciendo alharaca de cuanta falla han tenido los demás. Arderíamos en la hoguera, queriendo ocultar la cara sucia que conservamos, para demostrar nuestra inocencia.
Basta sólo con remitirnos al pasaje bíblico “quien no tenga pecado alguno, que lance la 1ª piedra”; y ahí sí que caerán miles de cabezas al suelo, se derretirán los más sólidos y firmes, derrocarían hogares, membrecías, clanes, grupos, pastorales, ministros, militares y hasta gobiernos.
Por estas sencillas e inconvenientes fallas no dejaremos de seguir construyendo iglesia, no dejaremos desperdigar nuestra Fe, no dejaremos que se manche nuestra buena imagen. Recurro a aquella profesión de FE, la más grande que se puede pronunciar en la Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” (Mateo 8, 5-13). Hágame el favor, querid@ lector de no olvidar estas 17 palabras, que a buen recaudo y con toda sinceridad y firme convicción, pronunciamos minutos antes de permitir la entrada gloriosa del cuerpo de Cristo en nuestro ser.
Imagino que ya hemos escudriñado todas las fotos publicadas, buscando un qué se yo. Un beso de larga duración, la etiqueta del vestido de baño, o si las mismas curvas de la señora que lee “El campo de batalla de la mente de Joyce Meyer” (qué ironía), no desmerecen al agraciado barón, en lugar de mirar nuestro interior, y detectar las posibles fugas de FE, las cuales nos vuelven débiles y susceptibles a todo lo que los detractores de la iglesia exponen, pintan o escriben. Acaso hemos rechazado nuestro credo al leer a Rodríguez, acaso el Código de Dan Brown y los documentales de Discovery también la fustigaron y la dejaron por el piso, Ah hombres de poca fe, fe de raticos, fe incierta, fe sin cimientos, fe insegura, fe efímera y volatíl, pa’qué tenerla?
Vaya que sí es grande nuestra batalla. De nosotros depende que esto siga repercutiendo en nuestra mente, o sea un eslabón más para seguir construyendo la armazón, cubierta, o trinchera para afrontar las continuas arremetidas del enemigo. Vaya uno a saber por dónde atacará.
Qué viva Cristo! En la iglesia y en nuestra alma, Amén.