Encierra el concepto de no reincidir en aquello que nos perjudicó, o que con nuestros actos pudo afectar a los demás. De dejar de lado y quizá por siempre un vicio, una costumbre un desliz, un capricho, un gusto lujurioso, un acto ruin o bajo; de querer olvidar un rencor, una venganza, una mentira repetida, una doble vida, un carácter impetuoso; de quitar ese peso de conciencia que nos impide descansar, que nos levanta en la noche, que no nos permite ascender en nuestras ilusiones y en una mejor forma de vida. La cuestión es a hasta qué punto se alcanza el objetivo. Cuál es el derrotero? Hasta dónde llega; hasta dónde podremos mantener la noble intención? Puesto que son muchas las ocasiones y oportunidades que la vida misma nos permite cambiar el rumbo, enderezar el caminado, volver a afrontar nuestro designio. Pero, son muchas más las veces en que sin darnos cuenta, decaemos o empeoramos nuestra situación. Cuántas veces nos ha sucedido, cuántas a pesar de que pusimos nuestra mano en el fuego, a pesar de que nos propusimos rediseñar nuestra existencia (promesas de año viejo), mejorar el estilo de vida, para no ir tan lejos: las dietas que iniciamos, el régimen que nos impusimos, la promesa que hicimos, todo queda en ensayo, propósito vano por alcanzar algún merito, o pretensión vanagloriosa y desafiante: un impulso temporal. No desconozco la fortaleza de los que lo logran, admirable es, y hay que felicitarles, aunque a veces el sólo hecho de recordarles, es desafiarles. Ejemplo, los fumadores; los que han ido al fondo de la gran olla, los que han dejado el alcohol; el adulterio, el juego, el ocio, el dulce, la gula, la internet; l@s que no volvieron al tarot, a la magia negra, a la predicción, a la güija, a las sesiones espiritistas; los que devolvieron lo robado, o los que pagaron en prisión por haber cometido una falta grave ante la sociedad. Aquí, vamos a tratar de diferenciar ese arrepentimiento forzado, por las leyes terrenales, del que voluntariamente debemos proponernos y cumplir. Por que, óigase bien, cuántas veces en la penitencia, ya se obvia que hemos de dejar el pecado, pero cuántas veces recaemos, recapitulamos y reincidimos, con mayor frecuencia, o mayor intensidad que la primera o última vez. La voluntad consiste en admitir el error y afianzar todo nuestro interés, sin desconocer nuestro error, de no volver sobre aquello que afecta nuestro bienestar, nuestro sosiego o nuestra paz espiritual, o que puede inquietar a nuestros prójimos. Dice Mariano Arnal, "que cada pena tiene su precio, y cada sociedad debe soportar la delincuencia que le toque", y yo le añadiría: que tenga que pagarse por separado, por qué sin decirnos mentiras, en cuántas confesiones (o arrepentimientos personales), no encimamos tácitamente el pecado grande camuflado dentro de los de menor importancia. Rodeamos demasiado el asunto, y cuando ya tenemos que dar la estocada, lo dejamos en el bordecito asumiendo que ese adorno que le pusimos fue suficiente para declarar nuestra culpabilidad y consecuente arrepentimiento. Pero queda ahí, no logramos deshacernos completa y definitivamente de ese estadio, de ese innegable sentimiento. Más bien aparece una alternativa de convivencia sana como lo dice Fernando González G, quien opina al respecto lo siguiente: “Es evidente que este sentimiento ha convivido con el hombre desde su mismo origen, como también lo es que ha creado innumerables maneras para no combatirlo frontalmente, por ejemplo, los sacrificios, tanto de animales como humanos, ofrendas y dádivas de cereales y dinero (como el diezmo que se entregaba a las autoridades eclesiásticas para eliminar las faltas cometidas en la tierra), sin olvidar la confesión religiosa ante el sacerdote y la correspondiente penitencia.
Valga decir que en Israel, por ejemplo, los pecados del pueblo eran periódicamente cargados en el "chivo expiatorio", animal que arreaban hacia el desierto para que se alejara y se perdiera en sus arenas llevándose consigo la culpa del pueblo. << (cabeza de turco), hacia la época de las cruzadas>>.El sentimiento de culpa va más allá de sentir vergüenza o arrepentimiento por transgredir las normas establecidas, incumplir lo que se debe de hacer o violar la escala de valores que marca la sociedad, pero es un hecho que el problema comienza cuando a una persona se le atribuyen responsabilidades que no le corresponden, lo que comúnmente provoca que se sienta culpable sin motivo aparente.
Esto último se entiende más claramente cuando se acude en busca de la definición que ofrece el psicoanálisis, el cual señala que la culpabilidad es un sistema de motivaciones inconscientes que explican comportamientos de fracaso, conductas delictivas y una actitud de autosufrimiento. Por ello, desde esta perspectiva, identificar a la culpa con un sentimiento debe asumirse con algunas reservas, pues el sujeto implicado muchas veces no se siente culpable a nivel de lo que se conoce como experiencia consciente. La culpa tiene su origen, según los especialistas, en la niñez, resultado de persistente labor por parte de los padres, los cuales, a veces sin saberlo, nos arrojan a la vida independiente llenos de remordimientos, lo que repercutirá en nuestro desenvolvimiento laboral, familiar y de pareja.
Esto último se refuerza con la opinión de tres reconocidos psicoanalistas del siglo XX:· Sigmund Freud. Las relaciones con el padre son el origen del sentimiento de culpa. · Erich Fromm. Padres autoritarios debilitan la voluntad de sus hijos mediante los sentimientos de culpa. · Erik Erikson. Los padres desarrollan culpa y vergüenza en sus hijos abochornándoles con su intransigencia. ¿Qué la fomenta?
Los expertos en psicología clínica y psicoanálisis explican algunas de las causas que determinan la culpa: El castigo verbal, físico, miedo o amenaza, lo que también provoca respuestas agresivas. Los castigos psicológicos: amenazas, chantajes, ("ya no te quiero", "así correspondes a los sacrificios hechos por ti") suscitan sentimientos de culpabilidad. La culpa también aumenta si el ambiente familiar es cerrado, con pocos contactos afectivos. Este tipo de mensajes y actitudes taladran la voluntad de un individuo que no podrá desarrollarse plenamente hasta que no comprenda, conscientemente, que lo que le causa inquietud, miedo o desesperanza se debe a factores que le han inculcado y que la mayoría de las veces le provocan vergüenza en lugar de una "culpabilidad sana".
¿Culpabilidad sana?Un individuo que se enfrente frecuentemente a sentimientos de culpa puede recuperar lo perdido, en tanto busque en su interior las causas de su malestar y sustituya poco a poco el "ello" por el dominio del "yo" (consciente), lo que significa que mientras posea mayor entendimiento de lo que le ocurre tendrá mejor desarrollo personal. Es decir, aprenderá que es bueno tener emociones positivas, aquellas que alegran la vida, dan calor y calidad a experiencias personales. Con ello se coloca la primera piedra para dejar de ser una persona que "fracasa al triunfar", por ejemplo, aquella que tiene éxito en una conquista amorosa largamente ansiada y siente que no lo merece, o quien ante una promoción profesional de mayor responsabilidad, prestigio y retribución económica experimenta cierta sensación de fracaso psicológico o emocional.
Quien experimenta una culpabilidad sana corresponde a las siguientes consideraciones:-- Aquel al que le duele haber causado daño a otros y afirma: "Lo que más duele es ver que, por mi culpa, los demás lo pasan mal", ya que pone énfasis en el daño causado a otros, más que en las consecuencias negativas que pueden recaer sobre él; se enfrenta con miedo a un posible castigo y a perder el afecto de alguna persona. -- Cuando alguien se siente culpable y no asume las responsabilidades derivadas de su mal, su culpabilidad no es sana. Vivir exclusivamente para la culpa es una desviación, pues no se hace nada para reparar lo que se hizo mal. -- Un individuo sano confesará su culpa y asumirá sus responsabilidades, pero para ello hay que ser consciente del error cometido. -- Quien convive con una culpa sana trata de buscar soluciones, reparar el daño y compensar los efectos negativos que causó.
Culpa patológica: Existen seres insensibles que no se detienen ante nada y, cual villano de telenovela, son capaces de hacer cualquier cosa para destacar o tener alguna pertenencia, comúnmente actúan al margen de la ley y muchas veces son calificados como psicópatas o sociópatas. Estas "joyas" de la humanidad son impulsivos, irresponsables, incapaces y, por supuesto, imposibilitados para experimentar algún tipo de emoción, es decir, no pueden sentir culpa. Logran saber si una cosa está bien o mal, pero no sienten ninguna sensación de arrepentimiento ni de compasión, les da igual robar, violar, mentir o herir a un semejante, fallando sus emociones sociales.” Como ejemplo y con todo el respeto, cito las palabras de R. Arjona, Tengo la conciencia tranquila, por eso no me confieso. Puede ser cínico este concepto y apalanca el fundamento inane de estas "joyas", que son insensibles ante la grave culpa. No alcanzan a ver en el momento las consecuencias de sus actos (retomo a González) y les resulta muy difícil aplazar la satisfacción de sus necesidades primarias. Mienten y se engañan, pretenden convencer y convencerse a sí mismos con falsos argumentos, además de estar imposibilitados para integrarse a un grupo normal, aceptar las normas establecidas o colaborar en algún proyecto común y constructivo.
En resumen, se puede afirmar que la culpa es un sentimiento válido si es que cometemos un error y estamos dispuestos a repararlo, pero si este sentimiento nos acompaña frecuentemente y no somos responsables de aquello que nos achacan sería un buen momento para hacer un alto en el camino, pues vivir con esta carga es vivir a medias.” Es por esta razón que debemos echar mano de esa decisión acérrima de abandonar por siempre esa atadura, ese factor que nos une al sentimiento de rencor, de envidia, de culpabilidad: de error o de fracaso, consultando con nuestro confesor, o con esa persona de amplia experiencia. Coloco el dicho aquel, que más sabe el diablo por viejo que por diablo, me disculpará por citar este insurgente personaje (beligerante diría cierto vecino), pero esto me permite indicarle que cuando comente sus penas , quebrantos o culpas, hágalo con alguien que sepa oír, y que pueda tener una posible solución, no que le ayude a hundir en un nefasto sentimiento que ahogue tanto a confesado, como al confesor.
Revisemos nuestro inventario y actuemos pronto.

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